Att.
El Autor.

Inspírame, dame y cree.
Pues si te sientes identificada, será para ti.
Cuando lo clave en tu muro con los clavos afilados de sinceridad
no te cabrá ni la menor duda que sí.
-¿Tú crees?- Increpó la mujer de ojos soñadores y color miel.
Inspírame más y dame una razón para creer que se puede ser feliz
en un mundo lleno de desigualdad y miseria.
Dame un segundo para soñar que somos solos tú y yo en este mundo, los locos enamorados de la vida;
Regálame un suspiro seguido de un giño de tus ojos miel
para creer que somos afortunados de tenernos.
Dame tan solo un segundo de tu mirada para creer
que sí podemos ser felices en este lugar,
quizás reservado para otras gentes sin corazón.
Y por favor cree,
cree que esto que estoy escribiendo, es de este momento,
es por nosotros, los que llegaremos a ser sin saber a dónde llegaremos;
y que perdure muchos años…
Para que los lectores de muros tengan de que hablar por generaciones:
De esos dos locos
enamorados
de
la
vida
que vivieron sus
vidas
simplemente:
enamorados.

Hoy no te dedicare los versos más hermosos.
Hoy tan solo escribiré sobre nuestro amor.
Pero no el amor de esos amores desafortunados
de esos que luchan a pesar de los dolores.
No, escribiré sobre lo que no pudo ser y el cómo debió ser.
pero vos muchachita de ojos grades y boca chiquita,
vos estas donde más te quiero, donde más te necesito…
Existes, y eso para mí basta y es suficiente.
Te tengo donde más haces falta, donde se requiere tu presencia.
Esos amores están dedicados a estar en sus pesares
para demostrar que allá en la miseria de su distancia y desconsuelo
aun hay amor; no es la distancia sino la fuerza de sus corazones.
Esos amantes desesperados y tristes
esos corazones rotos y frágiles
esas miradas perdidas
esas mentes divagantes.
Ellos, los que fuimos y no pudimos ser.
Los amantes de otra época.
Los miedos y juicios condenatorios
alabanzas de olvido y sumisión de la resignación.
Pero vos muchachita, esa que sos, de ondulada cabellera
de tez dulcemente pálida, la del vientre arado de estrías
estolón al pié de tan bello rosal, la de manos delicadas,
esas lindas perlas que muestras al reír…
Estás donde más haces falta, donde más te necesito:
En mi mente y en mi corazón, estás en mí y eres en mí.
Sé que no volverás.

Sentir la acorazante punzada
en un intento por respirar.
Sentir como bombea de diástole a sístole
sentir como navega lentificante la sangre en vena.
Se siente como tragar a fuerza.
Pero la Muerte… es algo más que eso.
Sentir la pesadez del sueño,
rehuir de la adormecedora hora.
Sentir cómo te acaricia,
te pesa el cuerpo, y poco a poco se apodera de ti con avaricia.
Se siente como caer entre el fuego y sin dolor. Caliente.
Pero la muerte… es más que eso.
Sientes que te pesa la cabeza,
los parpados le acompañan
la mala saña, la mala fe
los actos antiguos. La conciencia.
Se siente como cerrar los ojos y de súbito abrirlos y,
después (de la oscuridad en ellos) la verdadera oscuridad.
Pero la muerte… va más allá.
No es luz, tampoco oscuridad;
es penumbra y tempestad
de sentimientos y emociones
es la culminación de las pasiones.
No es fuego, ni tampoco cielo
solo un infierno en el suelo
no se necesita requisitos
ni menos méritos :
La muerte ve más allá.
No es un paso ni un cambio,
es como agua estancada
de monumentos reptiles poblada
y el recuerdo de un viejo resabio.
Es un paladar jamás probado
un barco varado
un horizonte alejado
es un exceso añejado.
Pero la muerte… es más que eso.
El excedente de la muerte
es el dolor de sus congéneres
que en acústicos llantos y lamentaciones
no comprenden lo que ya es inerte.
La muerte,
es un único placer
es un miedo a la soledad
es un terrible padecer
pero hermoso sentimiento de libertad.
Es un caer al vacío infinito
viento en rostro y profundo suspiro
me encomiendo al bendito,
un cerrar de ojos… expiro.
La muerte,
es la conjugación de nuestro todo
un punto en que coincide la valentía y la cobardía
se crea un híbrido.
La muerte es una espera
que en vida nos desespera y abruma.
La muerte es un sentimiento excelso
y lejano, mas no inalcanzable,
es sublime.
La muerte es como el amor.
¿Y qué nos queda después de esta tormenta de amor?
la calma satisfecha de los desastres que causó su paso,
esos truenos orgásmicos y esos relámpagos gemidos,
tan solo susurros y sollozos del temporal acuoso.
¿La conciencia de haber dado lo mejor?
¿La incertidumbre de haber amado
sin la certidumbre de ser amado?
¿Qué nos queda después de amar,
el sabor melancólico de sus escusas increíbles?
La confusión por la mentira asecha…
Qué enervantes suelen ser las palabras
ensalivadas de un “te quiero” o un “te amo” (Gestalt)
Qué agónicas palabras ahogadas de un “yo también”.
Tan solo queda la frustración y el dolor
un cierto hedor a mohosos recuerdos
un polvorín de cenizas de lo que fue la pasión
un orgasmo reducido a una esputa sensación.
Como es enfermedad, cenizas que se las lleva el viento
como esporas que engendran podredumbres embarazos
son enervantes tu risita de niña buena y tus ojos mentirosos,
yo fingía mejor creer, como los devotos en sus romerías
yo te diré que queda después del amor: la resignación ante la muerte
de un sentimiento. Todo muere, nada permanece.
No nos queda nada, nada!
Nada, nada, nada, nada, nada, nada, nada, nada.